Liana llegó una tarde de lluvia, con una maleta rota y un secreto apretado en el pecho. Había huido de la ciudad, de una vida que se deshacía como papel mojado. En Valdeluz pensó encontrar paz. Encontró algo peor: un susurro que la llamaba por su nombre.

Cuando despertó, el hombre ya no estaba. Sólo había una pequeña piedra negra en el lugar donde él había puesto su mano. Y en su pecho, algo nuevo: una calma que no recordaba haber sentido nunca.

La tercera noche, el susurro se volvió voz.

—¿Y qué es eso?

—¿Sabías que iba a venir?

—¿Y si yo no quiero irme?

Esa noche, Liana durmió en el claro. Soñó con ríos de leche y árboles de plata. Soñó con su madre, que llevaba diez años muerta, y con su propio rostro de niña, antes de que aprendiera a tener miedo.

—He esperado a alguien como tú desde que aprendí que las almas rotas son las que más necesitan ser guardadas. No las enteras. Las rotas.